Druidas I – Sebastián 1

Sebastián abrió un ojo con el sonido del despertador. Su mirada se fijó en la hora y no creía que ya tuviese que levantarse. Le esperaba un largo y penoso día de trabajo en el campo. Siendo un chico de ciudad, estaba costándole mucho los madrugones, los continuos cantos del gallo y todos aquellos ruidos de su reciente profesión, granjero. Había estado empapándose de ideas y proyectos a lo largo de muchos meses, desde que en la empresa donde trabajaba comenzaron los rumores de despidos y cierre.  Pensó que ya que siempre le había gustado el campo y ahora que estaba solo, podría trasladarse y vivir de lo que daba la tierra. Su familia siempre había tenido una pequeña hacienda en el pueblo donde se crió su padre, pero la casa estaba destartalada y el campo sin arar. Los animales ya no residían allí, o al menos los propios del lugar, en cambio las arañas, los ratones de campo y demás plagas, campaban a sus anchas, así que habló con su familia y llegaron a un acuerdo.

Los padres estaban encantados, ayudaron a su hijo con la reforma de la casa, que fue prácticamente derribada y vuelta a hacer. Empezaron comprando las semillas que se pudiesen sembrar pronto, ya que la mudanza estaba prevista para primeros de año. Al principio, como sus progenitores estaban jubilados, se fueron a vivir con él unos meses; para ayudarle en las labores, tanto del campo como de la casa. En ese preciso momento comienza nuestra historia.

Los fríos hielos del invierno todavía no se habían despejado y Sebas estaba convencido que su padre estaba loco. En marzo no se podía sembrar nada todavía, si el lago estaba aún con restos de hielo, a la tierra le debía pasar lo mismo. Les había costado una semana cercar el terreno que iba a tener como huerto y un par de días cerrarlo bien con malla. El frío les entumecía las manos y los guantes eran poco prácticos, o a él le costaba mucho trabajar con ellos. El agua fría de la ducha despejó la mente del joven, a sus treinta años y casi todos vividos en la ciudad, aún le costaba acostumbrarse a que el agua caliente tardaba en salir.

Esa mañana hicieron lo que pudieron, que para sorpresa de Sebas, fue mucho más de lo que creía. Araron y sembraron, la tierra ya estaba blanda y no quedaban restos de hielo. El frío seguía estando pero los brotes verdes empezaban a salir. El día pasó sin sobresaltos, hasta la tarde, que una figura humana recorría la hacienda por fuera. Los padres le dijeron que era un vagabundo que vivía en el monte y que no era peligroso, pero no era conveniente acercarse mucho a él.

Fue un año muy intenso, aprendió todo lo que pudo de sus padres, pero sabía que ellos ya no podían ni debían vivir en el campo, tan lejos de la ciudad, era peligroso con sus edades. Así que un día, acordado previamente, cargó todos los bártulos en la pequeña furgoneta y los llevó a la gran ciudad. Por una parte todos estaban tristes, pero sabían que estaban a tiro de piedra. Su hijo tenía el coche y cada hora salía un autobús desde la ciudad al pueblo y viceversa.

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