Ámbar

    La arena del reloj caía como si no sucediese nada. Su marcha imparable regía el momento para todos los mortales. ¿Qué pasaría si no midiésemos el tiempo de la misma manera? ¿Qué ocurriría si de repente se detuviese?

    Me encuentro encerrado en ámbar, sin poder resistir su inefable atracción, el cuerpo es intangible pero la masa de sabia pétrea es más densa que la tierra. Parece tener su propia ley de gravedad. El tiempo no trascurre aunque los acontecimientos sí. Mis ojos sobresalen de la materia naranja junto con mi cara. El aire azota mi flequillo mientras lucho denodadamente por salir de ese eterno momento congelado en el tiempo.

    Frente a mí, las caras de mi familia sonríen sin aprecio, una sucesión de calaveras vacías que no pueden expresar nada más que lo que su dentadura y las cuencas de los ojos les permiten.

    La cabeza ha salido… ¿Cuánto tiempo he tardado? ¿Quiénes son los que me rodean? No conozco esas caras, todos jóvenes… ¡Espera! Todas mujeres. ¿Qué hago rodeado de mujeres? Veo a alguien conocido, sí un amigo mío. Le grito que me ayude, pero lo único que hace es intentar empujarme hacia dentro. Me doy cuenta que no es lo que yo pensaba, sólo busca relacionarse con mi entorno. Es un canalla.

    Cuanto más lucho, más me aprieta la prisión, sólo queda una solución… Dejarme llevar hasta dentro del todo. Cojo aire, como si lo fuese a necesitar y me sumerjo en la trasparencia ambarina. Me hago una pelota y desconecto de mi cuerpo físico…

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