Druidas III – Miguel 3

-“Por lo que estoy viendo, los motivos para que tú desconfíes de Durias, tienden a ser la pataleta de un niño pequeño.”- Dijo Sebas.

-“No creas, es algo que te acabará pasando tarde o temprano.”- Respondió Eu.

    El más mayor de los tres, Eusebio, se incorporó y despidió de los otros. Debía volver a su pino, aunque aquello sonase muy mal, debía conceder a Miguel el beneficio de una buena primera impresión. Sebas se quedó sin saber qué hacer.

-“¿Quieres que te enseñe la casa?”-

-“Sería genial, nunca pensé que un druida pudiese vivir en un ciprés…”- Respondió Sebas.

-“Para alguien que no le gusta serlo y querer volver a la normalidad, lo llevas muy bien.”- Contestó Miguel con cara de pícaro.

    Los pómulos de Sebastián enrojecieron de vergüenza y agachó la cabeza al levantarse, lo que propició un buen tropiezo y acabar sin querer en los brazos del robusto licántropo.

    El olor de su cuerpo y su temperatura inundaron a Sebas hasta dejarle sin aliento. Aquél hombre grande y fuerte lo tenía cogido por completo y parecía no notar su peso.

    Como si fuese un muñeco, lo levantó en el aire y le puso de pie a su lado. Después levantó la mandíbula del muchacho hasta que sus miradas se cruzaron.

-“No debes ponerte nervioso por que sepa cosas de ti que conoce muy poca gente, no las voy a dar ningún uso. Salvo divertirme un poco hasta que nos pongamos en igualdad de condiciones.”-

    La sonrisa de Miguel era franca y serena al soltarlo, sus palabras eran verdad y se reflejaba en todo su ser. Sebas estaba perdiendo la compostura por momentos y no pudo hacer nada más que despedirse de forma atropellada y salir corriendo hacia su casa.

    Al llegar el corazón le latía a 1000 por hora, su calor era intenso y no podía creerse lo que había sentido en cuestión de segundos. Debía refrescarse y sabía perfectamente qué hacer.

     Cogió la toalla que tenía más a mano y se fue directo al lago. Esperaba no encontrarse con Niri ni ninguna de las otras ninfas, porque reconocía que en ese momento sólo quería estar consigo mismo.

    El agua fría estaba caliente para su cuerpo, algo que no le sorprendió en absoluto, se puso a nadar y no pensó en nada, se relajó e intentó no imaginarse a Miguel allí a su lado.

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