Dioses V – Facundo E Isadora 7

    El chirriar de una puerta muy pesada y poco utilizada centró la atención del escaso personal allí reunido, seis vampiros y tres tangenciales miraron hacia la rendija oscura que se había abierto detrás de los tronos de los reyes.

    Facundo apareció cargando con un cuerpo semimuerto en brazos. El pelo largo caía en cascada hacia el suelo y era de un vivo color blanco, se parecía mucho a Tildy, pensaron Lucas y Oli al verlos bajar las escaleras muy despacio.

    Sin embargo el espíritu de Isadora estaba casi destruido, su mirada se hallaba perdida en el vacío, miraba sin ver y veía sin estar.

-“¡Oh! Sí, desde ahora Facundo será nuestro intermediario, hará todo lo que le digamos y nadie podrá tocarlo.”- Dijo Lucas jugando con la obsidiana que encajaba perfectamente en la mano del aturdido vampiro.

-“¿Qué va a ser entonces?”- Retomó la conversación Laudiel.

-“Está bien… ¿Qué se espera de nosotros?”- Respondió Iñigo.

-“De momento nada importante salvo que sigáis actuando como hasta ahora, pero la montaña volverá al planeta que le corresponde tarde o temprano, con o sin vuestro pueblo.”-

-“¿Por qué os lleváis a nuestro principal alimento?”- Quiso saber desesperada Alba.

-“Ella debe dejar de sufrir a vuestras manos y en las de cualquier otro, salvo en las suyas propias.”- Contestó Oli.

    Los tres volvieron a imponer sus manos en el cuerpo de la joven y una luz morada brotó de él. Hubo un momento de una intensidad sublime y poco a poco se fue apagando.

    Los vampiros abrieron los ojos poco a poco y vieron a una muchachita delgada y un poco famélica en el medio del triángulo formado por los tangenciales. El pelo de color violeta oscuro, casi morado les dijo justo lo que estaba esperando.

-“Los minerales se han hecho carne”- Explicó facundo a la nada.

    Otra de esas leyendas sobre aquellos tres desmesurados seres decía que una vez que se encarnasen escogerían a sus protegidos, aquellos se transformarían en inmortales y representarían a uno de los minerales de la naturaleza.

    La amatista acababa de nacer y otro fenómeno del cambio hizo que la rueda del destino rechinase al intentar no girar.

-“Ella fue la primera inmortal humana, ahora es la primera de nuestra raza de protegidos.”- dijeron los tres al unísono.

    Tras lo que obviamente fue una charla mental a tres bandas, Laudiel cogió de la mano a Isadora y desapareció en el aire sin hacer el típico ruido de la teleportación.

     Un emisario irrumpió en el salón de reuniones y vociferó:

-“En la zona más rica de la ciudad han desaparecido las Isadoras.”

    Uno por uno, mensajeros de toda la horadada montaña llegaron para decir exactamente lo mismo y quedarse quietos al ver el espectáculo de cenizas que tapaba el suelo.

    Todas y cada una de las copias se había transformado en piedra y después se habían volatilizado en el aire, como si nunca hubiesen existido.

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