Druidas III – Miguel 6

    El druida que yacía en la piedra se incorporó débilmente, su gesto era ausente y perdido. Miguel lo cogió en brazos sin miramientos y lo puso de pie.

-“Me llamo Miguel, ¿estás bien?”-

-“Sí, creo que sí… ¿Me acaban de acuchillar en el pecho?”- Preguntó el nuevo mirándose el sitio donde antes había un cuchillo.

-“Sí, pero parece que ya estás mejor.”- Respondió Eu sonriendo.

-“Me llamo Roberto y algo me ha atraído a este lugar… ¿Podéis decirme el qué?”-

‘Eres el druida de la guerra, el defensor de este pueblo y tus poderes han aumentado al ser resucitado.’ Contestó Elia ofreciéndole el cuchillo con sus etéreas manos extendidas.

-“Vale, ¿qué significa esto?”- Preguntó Sebas ya un poco molesto.

-“Que los cinco jefes de nuestro pueblo ya están juntos para poder reunirlos a todos.”-

    La voz melodiosa del nuevo interlocutor brotó de los árboles, un elfo rubio de melena interminable y ojos verde ardiente, salió de forma grácil y elegante.

-“Mi nombre es Imnali, soy el druida de la sabiduría.”-

    Se acercó a la punta del pentáculo que no había sido encendida y un rayo plateado rodeó al recién llegado. El libro voló hacia él de forma lenta pero constante.

    Imnali se retiró del haz de luz, cuando sostuvo el volumen y lo abrió para los presentes, con su melodiosa voz dijo en alto:

-“Cinco jefes para un poderoso pueblo, cada uno con una sola habilidad pero aumentada de manera infinita, lo guiarán con la sabiduría de los libros antiguos, lo protegerán con las espadas de los cielos y los infiernos, comprenderán a todos los seres, ya sean animales o vegetales y tendrán el control de la capa que se conoce como naturaleza, la magia del propio planeta.”-

    Los instrumentos que representaban a cada uno de ellos volaron en círculo alrededor de la mesa de piedra, después de varias vueltas se situaron en cada punta y se posaron en el suelo.

    Un temblor los sobrecogió a todos, a lo lejos, justo a la espalda del elfo, brotó un gigantesco ginkgo biloba.

    La maceta de Eusebio estaba llena de tierra y seguía temblando aunque todo estaba en calma, otra sacudida hizo aparecer un sauce llorón detrás de Roberto.

    Desde el centro, en donde se hallaban, se veían claramente los cinco árboles gigantes, el pino, el nogal, el ciprés y los dos nuevos.

    La capa salió volando para colocarse en los anchos hombros de Miguel, el libro y la maceta fueron los siguientes y se posaron en los brazos de sus respectivos druidas.

    El cuchillo, clavado en el lugar que antes ocupaba Roberto, se prendió fuego, una columna muy fina que fue ascendiendo poco a poco hasta ser tan grande como una persona, dejó al desaparecer una espada larga, de talla delicada pero de acero firme, se acercó volando hasta su legítimo propietario.

    El huevo eclosionó y de él brotó un grifo, que se colocó al lado de Sebas muy tranquilo.

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