Hacedor I – La Presentación 1

    Situémonos en un país cualquiera, su capital es todo lo cosmopolita que puede ser a principios del siglo XXI, eso implica que las personas están por todas partes, se retuercen entre los edificios y viven en casas cada vez más pequeñas, con más cosas acumuladas a su alrededor por el insano consumismo que impera.

    Allí viven un millar de jóvenes, todos ellos sin demasiado futuro por problemas sociopolíticos, de entre ellos vamos a elegir uno muy concreto, se llama Ismael Soria, tiene veintisiete años, hijo único de una familia normal, se trasladó a otra ciudad con la excusa de los estudios pero la verdad es que su ansia de aprender poco tiene que ver con la facultad.

    Empezó Derecho y acabó en Psicología tras dos años de éxito en su primera carrera. Esta en cuarto, tiene un piso en una de las calles céntricas de la capital y la vida le sonríe de forma tímida.

    Trabaja en un bufete de abogados amigos de sus padres que le permite estudiar al mismo tiempo. Su novia se llama Olga, tiene un gato y está deseosa de casarse y formar una familia. Todo esto lo supe después de lo que ocurrió.

    ¿Qué pasó?

    Intentaré contároslo de forma comprensible, aunque debéis tener en cuenta que yo no soy él.

    Mi nombre es Diego y mi historia poco tiene que ver con la suya. Hasta un aciago día, en que nuestros caminos se cruzaron. Un veintitrés de agosto, sábado. En la capital hacía una temperatura aproximada de treinta y nueve grados centígrados. El sol mordía todo aquello que podía y lenguas de fuego recorrían el cuerpo.

    Mi perro, Odín, insistió en salir a las dos de la tarde, sus necesidades reclamaban ser solventadas. Tras una ducha fría y la lucha para ponerle el collar, Odín y yo salimos a dar una vuelta.

    Justo en el momento en que me disponía a volver a casa con mi San Bernardo, él decidió quedarse un rato más en la calle, no os imaginaríais que algo tan grande pudiese ser tan rápido.

    Odín se zafó de mi intento por ponerle la correa y salió disparado por la calle, sabía que en el parque podía estar suelto con sus amigos cánidos, pero en la ciudad, debía ir atado y a mi lado, normalmente se porta muy bien, pero aquél día su energía estaba demasiado alterada.

    Sin darme cuenta de lo que ocurría, fichó a un pobre diablo como su siguiente juguete, cuando llegué a la maraña de pelos, patas, piernas y brazos que luchaban por ponerse de acuerdo en de quién era qué parte, mi sentido de la oportunidad volvió a ser un impedimento.

    Sólo había una pieza de metal con un poco de agua del riego de los cercanos arbustos de la plaza, la suficiente como para escurrirme durante lo que fueron dos segundos interminables y terminar agarrado a una farola.

    Gracias a quien sea por darme la oportunidad de solventar semejante aprieto sin que Ismael se percatase, mi vergüenza por culpa de Odín ya era muy grande como para soportar alguna más.

     Me recompuse como buenamente pude y me disculpé con el hombre en cuestión, aquél fue nuestro primer encuentro:

  -“¡Odín! ¿Cuántas veces te he dicho que no hagas esas cosas?”- Dijo el supuesto dueño.

  -“No te preocupes, no tengo miedo a los perros.”- Contestó una voz debajo del pecho de Odín -“Además, si tuvieras un poco de jabón me ahorraría la ducha que me iba a dar en casa.”-

    La risa desbordó a los dos, mientras Odín sonreía con la lengua fuera, Ismael se levantó aceptando mi mano extendida y el San Bernardo se acercó para dejarse coger con la correa. Con un bostezo se tumbó en la acera durante el rato en que nosotros terminábamos de presentarnos.

-“Siento mucho lo que te ha hecho mi perro, pero es que sólo tiene un año. Todavía es un cachorro.”- Dije.

-“No te preocupes, es algo que no me importa.”- Contestó el otro mirando a Odín.

-“Por cierto, mi nombre es Diego.”-

-“Yo me llamo Ismael, encantado.”-

-“Igualmente. Si quieres, te ofrezco mi ducha, así te quitas las babas antes de llegar a tu casa.”- Dije mirando a Odín de reojo

-“No, no te preocupes no hace falta, vivo aquí al lado.”- Contestó Isma sonriendo a Odín.

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