El Shogun I – Takeshi Miyosi 8

    Estaba a punto de salir a detener a Shota cuando unas manos fuertes me cogieron de las muñecas y me las pegaron a la pared, dejándome indefenso ante cualquier ataque por la espalda.

    El calor de un cuerpo humano me inundó por toda la columna, mientras mi ano notaba el conocido picor de la excitación previa a una buena penetración.

    Un olor intenso a hombre se coló por mis orificios nasales mientras unos labios carnosos y húmedos besaban mi cuello tenso y rígido por la sorpresa.

-“Hola Bikotoru, tú siempre levantando pasiones y miembros a tu paso, ¿eh?”- Dijo una voz pastosa y varonil en mi oído.

-“Igual que a ti te gusta sorprenderme, Ajani…”-

    Su piel era como el sol ardiente y su miembro viril un ariete que sabía abrirse paso sin forzar las puertas de mi ser. Obviamente mi deseo era el mismo que el de mi sorprendente y amigable captor.

    Sin mucho tiempo para pensar me percaté de mi elevada posición en el momento en que intenté separar mi pelvis de la pared para una mejor introducción de su enorme verga.

    Ajani me tenía pegado a la pared puesto que era mucho más alto que yo y mis pies no tocaban el suelo, hice un esfuerzo titánico para apoyarlos en la pared y poder sentirle más dentro de mí.

    Los latigazos de Shota habían cesado en la mazmorra y sólo el gemido de mi ser al ser follado rompía el silencio. Acompañado con el rítmico quejido de Ajani al esforzarse en no correrse dentro de mí para darme más placer.

    El ruido rítmico de nuestros cuerpo chocando, su aliento en mi nuca, nuestros sudores mezclándose y aquella extraña sensación que siempre me provocaba de sentirme totalmente satisfecho y pleno, hicieron que mi ano se agrandase y se relajase de manera repentina…

    Mi polla empezó a escupir leche sin que nadie lo tocase y mi cuerpo entero pasó a su posición de indefensión por relajación y confianza.

    El golpe de mi erecto pene contra la pared de piedra fue algo flojo y me dolió lo justo como para que la erección no se bajase.

    Un chorro caliente en mi interior y un ligero grito en mi oreja parecieron avisarme del inmediato choque contra el suelo por la debilidad de mí afanado amante.

    Con la poca luz que nos rodeaba, conseguí ver sus brazos fuertes y poderosos resaltando por su oscuro color con la claridad de mi piel, apretados contra mí en un abrazo pasional e intenso.

-“Me alegra saber que sigo provocándote orgasmos anales…”-

-“Sí, ahora solo espero que tengas la decencia de explicarme tu agradable visita y que el favor no sea demasiado contraproducente para mi feudo.”-

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