Brujos II – Risla 1

    La luna brillaba en lo más alto de la bóveda celeste, sus plateados rayos se bañaban en las leves ondulaciones del calmado lago.

    Las ninfas acuáticas saltaban con los peces multicolores que, a esas horas, habían decidido ascender a por algún que otro mosquito. 

    Era verano y el calor abrasador del hermano sol ya había remitido, dejando una ligera brisa, deslizarse entre los cercanos robles.

    La figura encapuchada de un humano, reposaba, adormecido por el frescor, entre las raíces de un inmenso pino. Se encontraba en la zona más inaccesible, aquella en que las rocas producían un ligero acantilado.

    Las ninfas acuáticas, denominadas así, porque estaban formadas de esta sustancia, chapoteaban alegremente.

    Resultaba curioso ver seres de agua con forma semihumana, orejas puntiagudas y matas de pelo, hechas de cascadas interminables. Su belleza era tan efímera como el preciado líquido que les daba la vida.

    Las gotas de agua salpicaban los ropajes del relajado muchacho, vestía un pantalón de cuero ceñido, una camisa de lino blanca y una capa negra, que con el brillo del agua, parecía una representación del cielo nocturno.

    El caos se adueñó del bosque cuando un grito desgarrador, rompió aquél marco perfecto de serenidad. Los pasos rápidos de alguien  que pesaba poco, resonaron en la oscuridad.

    Las ramas se partían y caían al suelo, los pájaros salían huyendo en todas las direcciones, hasta el más lento de los animales parecía tener prisa por salir de su madriguera.

    Para Dárian aquello era muy extraño, ya que el lago, según él, era uno de los pocos sitios donde podía conseguir paz y tranquilidad.

     Lo normal en un día como aquél, consistía en una grata charla con Nereen, la ninfa, y el Abuelo, así llamaba al viejo árbol, que terminaba, normalmente, con un sueñecito entre sus amigos, más dados a la vida nocturna, pero que sabían comprender a aquél joven brujo.

    Todo aquél jaleo, había conseguido espantar a los peces y a las ninfas. Ahora Nereen era la única que permanecía a su lado, su amiga, una joven, despreocupada y  confiada personita.

    Con los sentidos expandidos, intentando abarcar todo el enorme charco de agua, Dárian  procuraba situar el lugar de donde provenía el barullo.

    Se encontraba erguido y escrutando la oscuridad de la noche. En esos momentos no veía nada, ni escuchaba otra cosa que el gemido del viento y la cháchara incesante de los árboles.

-“¡CALLAOS!”- Gritó el muchacho.

    Un ruido seco sonó a su espalda, él reaccionó instintivamente tirándose al agua. Nereen le cogió en brazos y le subió a la superficie antes que su cuerpo chocara con las piedras del fondo.

    Casi se podía oír el silencio en aquellos momentos. La capa le pesaba demasiado y los pantalones le restaban movilidad. Las botas parecían jarras de agua y la camisa, hecha jirones de las raspaduras con las rocas, estaba para tirarla.

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