Druidas III – Miguel 8

    Al entrar en su nogal, Sebastián tuvo la sensación de que algo había cambiado, no sabía con exactitud el qué pero su columna clamaba por investigar con corrientes eléctricas directas al cerebro.

    Empezó subiendo las escaleras seguido por un, todavía un poco torpe, cachorrillo de grifo. Donde antes se terminaban, ahora seguían ascendiendo en caracol, parecían llegar a la copa del árbol.

    El druida y su nuevo amigo tardaron quince minutos en llegar hasta arriba del todo, allí había una estancia circular con un nido en el centro, el pequeño grifo comenzó a gritar como un poseso y se puso justo dentro.

    Había una abertura semielíptica encima de una gran rama del nogal, las ardillas que compartían casa, se hallaban bastante abajo, guarecidas del voraz apetito de su nuevo compañero de casa.

    Sebastián se asomó fuera y vio que entraba perfectamente, como si fuese una pista de aterrizaje muy pequeña, en el brazo del árbol.

‘Es una pena que esto tenga que ser así Sebas, pero el tiempo corre y hay prisa’

    La voz de Elia resonó en su espalda y un fuerte viento lo empujó al aire libre. Allí donde no había suelo, árbol o alguien que le ayudase.

    Comenzó a caer lentamente, al menos eso le pareció al muchacho, que sintió el abrazo de la gravedad dos segundos después de pensar que flotaba.

‘¡Tienes que volar! Si lo consigues y no te estrellas dominarás el aire’ Las palabras de Elia resonaban por todas partes.

    Sebas no podía hacer otra cosa que batir los brazos y abrir mucho los ojos mientras un chorro caliente se enfriaba al salir a la atmósfera nocturna.

    El terror que lo inundaba había hecho que se hiciese pis mientras caía, algo que lo sonrojó de vergüenza sin poder comprender el momento en que se hallaba.

‘Te queda un minuto para estamparte, yo que tú miraba al suelo.’

    Una ráfaga le hizo darse la vuelta y mirar cómo se acercaba la tierra muy deprisa hacia su cuerpo. Instintivamente lanzó los brazos hacia abajo como para parar el golpe.

    Un minuto después abrió los ojos y se hallaba flotando un metro por encima del suelo. Giró un poco su eje e intentó aterrizar de pie, lo que acabó causándole un dolor agudo en la rabadilla.

‘¿Necesitas ayuda?’ Preguntó Elia tranquila.

    Un puño cerrado pasó justo por donde debía estar la cara de la ninfa.

‘¿Has intentado pegar al aire?’ Volvió a preguntar la listilla.

-“¡NO! ¡He intentado pegar a mi asesina! Al menos a quien ha intentado matarme.”-

‘Teniendo en cuenta que soy aire… ¿Has creído de verdad que te ibas a estrellar? Lo peor es el concepto que tienes de mí, no iba a consentir que eso pasase…’ La cara vaporosa de la ninfa estaba indignada.

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