Pirolusita

    Una pregunta que siempre me asalta cuando estoy cerca de estos seres particulares que odian a los de mi especie, los hombres, por el mero hecho de tener unos genitales diferentes es:

    ¿Cómo diantres pueden utilizar de una manera tan eficaz los buenos sentimientos para dejarte totalmente destrozado?

    En aquél momento no obtuve respuesta, como es natural tuvo que ser una piedra quien me ayudase a entenderlo.

    La Pirolusita llegó para triunfar.

    Me hizo observar la manera en la que programaban los sentimientos que mostraban, tejían sus redes y pescaban a los ingenuos que no entendíamos su lógica difusa al rebajarnos a un nivel muy inferior al que nos corresponde.

    Como única respuesta factible tuve la inacción, aunque conlleva otros problemillas de carácter más personal…

    Mis emociones estaban siendo infravaloradas, forzadas y manipuladas, así que el orgullo aparecía de forma muy agresiva, una respuesta que no me interesaba.

    Recordé la sensación de estar en mi cuna de obsidiana, ajeno a todo y controlando cada uno de los sentimientos que me embargaban.

    Al ceder terreno, las piezas fueron cayendo de manera aritmética en un proceso lento pero constante.

    Otro de los valores que tengo para solventar este pequeño inconveniente es mi paciencia. Sin ser el santo Job ni pretender parecerme a él…

    Una mujer impaciente es aquella que siempre va a intentar salirse con la suya, las que me rodean urden planes rápidos puesto que la gratificación inmediata es una necesidad básica para un ser humano sin escrúpulos.

    Aunque lo más importante de lo que aprendí con esto es la manera de ser ellas y la respuesta más básica a mi pregunta:

    ¡No tener sentimientos positivos!

    Aquello era la clave, envenenarlas con su mismo odio y rencor, mostrar sólo las cosas buenas a quien yo eligiese de la manera que lo eligiese…

    Pero había un dato más importante, no quería volverme así de vacío y despreciable. Me repateaba la entrepierna tener que controlar mi propia esencia para conseguir que no me manejasen como a un títere.

    El gruñido de mi tigre interior dejó muy clara su función:

    Ahí tenía mi respuesta.

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