Accidente III

    La cacofonía de ruidos del entorno me llega nítida y clara. Mucha gente caminando y un olor muy intenso, fácilmente reconocible, me llena la nariz.

    Estoy en un hospital.

    Según abro los ojos la luz me daña. Es una zona de urgencias, he estado demasiadas veces en hospitales para reconocer el ajetreo de las enfermeras, los ATS y los médicos.

    Recupero la memoria poco a poco y me dicen que me van a pasar a visitar los médicos encargados de mi estado.

    Por lo visto me voy a tener que quedar ingresado un par de días para hacerme unas pruebas.

    No tardo mucho en subir a planta, una habitación para mí solo me hace sospechar que algo raro pasa, normalmente estos trámites son mucho más lentos.

    Una de los enfermeros pasa y me da un calmante, debo dormir y sinceramente me fastidia la escasa dosis que me da. Me lo tomo sin protestar y me recuesto tranquilamente.

    A la mañana siguiente me despierto con una necesidad imperiosa de ir al cuarto de baño.

    En el momento en que me voy a incorporar, un brazo fuerte y decidido me sujeta contra el colchón, estoy a punto de mearme encima cuando noto una mano experta metiéndome el pene en una de las botellas preparadas para ello.

    Un hombre con traje me está ayudando a desahogar mi vejiga y reconozco su olor…

    El mafioso que nos ayudó está en mi habitación.

    Me cuenta mi estado anímico y que ha hablado ya con los médicos. Ese mismo día me hacen un encefalograma para descartar algo grave.

    Pasan dos días maravillosos en los que me percato que no se retira de mi vera salvo para ir al baño y cuando es estrictamente necesario.

    Cuando recibo el alta médica me acompaña a recoger lo que se había encontrado en el accidente y me lleva en coche hasta mi casa.

    Se han perdido cosas, nada realmente importante, es lo bueno de llevar bolso que lo que realmente debes tener acaba estando en un solo sitio.

    Una semana después sigo soñando con mi mafioso imponente, las broncas de mi familia por no saber nada de mí en esos días pasan a segundo plano antes incluso de comenzar.

    Estoy saliendo del portal y un coche negro está esperándome. Apoyado en él se encuentra un chófer con uniforme y le sonrío educadamente mientras me abre la puerta trasera.

    Una voz varonil me recibe en el habitáculo, me siento y apoyo la cabeza en un hombre fino pero fuerte. Su aliento hace que mi boca se abra y un apasionado beso es lo último que ven los viandantes.

    En el peor de los momentos encontré a un empresario del textil que ni es mafioso, ni vende drogas y que ha sentido la misma atracción hacia mí que yo hacia él.

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