Dioses VI – Sueños III – Isaac

    Una larga escalera se presentaba ante sus ojos. Isaac sabía que debía subir, pero sus piernas no le respondían. Sus músculos temblaban y notaba un calor intenso por todo el cuerpo. Una voz le habló desde lo alto:

-“¿Qué te impide subir?”-

    Era una voz de hombre, una que conocía bien. Miró hacía arriba y vio que le estaba esperando. Sus ojos negros le estaban observando con todo el amor del mundo.

    Una corriente de aire primaveral, el olor del rocío y una sensación de frescor inundó a Isaac. Sus piernas respondieron y, en un abrir y cerrar de ojos, estaba en lo alto besando cálidamente a Víctor, su amante.

-“¿Dónde estamos, Víctor?”-

-“En el castillo de un amigo mío.”- Víctor se puso serio.-“Es alguien a quien quiero presentarte.”-

-“¡Esto sí que es una sorpresa!”-

-“¡No!”- Alzó la voz Víctor al darse la vuelta.-“¡Esto es una sorpresa! Odio el laberinto de setos, si no fuese porque Laudiel es la propia muerte, lo mataba yo.”-

    El gesto de Isaac cambió, en ese instante comprendió la enormidad de la cuestión. Había dos opciones o estaba muerto, o soñando. En cualquiera de los casos, el miedo se apoderó de él.

    Víctor le relajó, sólo estaban soñando y él conocía bien al propietario de esa esfera. Sólo estaban de paso. Isaac debía aprender un par de cosas acerca de lo que realmente estaba pasando en el mundo, de cómo la Tierra estaba luchando por sobrevivir al hombre.

    Para eso la posición de Isaac debía estar con los brujos y un varón sin pasar por la muerte, no era capaz de controlar sus habilidades, salvo que Laudiel se lo concediese. Para eso le había traído su amigo.

    Lentamente la salida se fue acercando a ellos, o esa fue la impresión que tuvieron los dos. Después de muchas vueltas y revueltas, tenían la certeza que sus pies no se movían del sitio, eran los setos y el suelo los que se desplazaban.

    Detrás del arco de enredadera que marcaba la salida, se vislumbraba un camino de piedras que llevaba a un majestuoso castillo medieval, construido en obsidiana y con águilas en vez de gárgolas. Dos esculturas de escorpiones con el aguijón dispuesto para el ataque vigilaban la escalera de entrada.

    Traspasaron el umbral y se hallaron en una sala inmensa, estaba alumbrada con la tenue luz de las velas, pero se podían ver objetos maravillosos de todos los rincones del mundo. Fueron pasando por mesas de alquimistas, tableros de ajedrez del más rico oro y zonas que nadie podría definir.

    Isaac no tocaba nada por recomendación de Víctor, el que guiaba hacia otra puerta, ésta, similar a la de entrada, no estaba vigilada por nada. Solamente un par de cactus puestos en los cercos, parecían indicar que el lugar pertenecía a la muerte.

    Éste pensamiento hizo que un escalofrío recorriese el cuerpo de gimnasta de Isaac. Los brazos de Víctor lo rodearon y estrecharon con fuerza. Otro beso surgió entre ambos al mirarse a los ojos.

    Cruzaron la puerta y en ésta ocasión, se hallaron en la sala de uno de los reyes vikingos, parecía como si el mismo Thor fuese a hacer tronar su martillo. Si no fuese todo en colores granate y negro, esperarían encontrar al mismísimo padre de todos, Odín.

    La sorpresa fue encontrar el sitio vacío por completo. El trono de huesos, expuesto en el centro de la sala, al final de un largo pasillo de moqueta roja sangre, indicaba que su habitante no podía estar demasiado lejos.

    Víctor explicó a Isaac que aquello era la sala central del castillo, Laudiel, se pasaba muchas horas allí conversando con los espíritus de los recién muertos, les aconsejaba y guiaba en el tránsito a la otra esfera.

    El mago caminó lentamente hacía uno de los laterales de la estancia, allí dio por zanjada la conversación y observó la pared atentamente.

    El gimnasta aprovecho para echar una ojeada por toda la sala, había pieles por todos lados, mesas con frascos de cristal llenos de cosas que prefería no saber y un montón de trofeos de caza expuestos por las paredes. Isaac se giró al darse cuenta que su amigo estaba hablando con alguien, una voz conocida le respondía, era la de Kiko:

-“¿Qué tal andas?”-

-“Pues andar no ando, cabrón.”-

-“Eso te pasa por tu mala cabeza, ¿acaso no querías aumentar tus poderes?”-

-“Sí, pero no de ésta manera.”-

-“Entonces… ¿Por qué lo hiciste así conmigo?”-

    Un ligero carraspeo sacó a Isaac de su ensoñación y terminó la conversación de sus… ¿amigos?

    En ese momento se percató que no era la única conocida que estaba allí. También se encontraba Ale, Cristian, Cata, Mary, Laura, Tati, Jabocha y un largo etcétera, prácticamente todo el mundo que ambos conocían y muchos que no.

-“Ya te dije que meterse conmigo es muy peligroso, tengo demasiados amigos y protectores.”- Dijo Víctor leyéndole la mente.

    Las miradas se cruzaron y Víctor le señaló a un hombre que había entrado. Su pelo era largo y negro, sus ojos de un azabache profundo que enfriaba hasta los huesos. Llevaba puesta una liviana bata y unos pantalones amplios, todo de riguroso negro. Su tez blanca marmórea, contrastaba con el par de alas negras que asomaban por su espalda. Las presentaciones se realizaron y una pequeña conversación dio comienzo:

-“¿Ha decidido aprender?”-

-“Pregúntaselo a él, Laudiel.”-

-“Isaac, ¿has decidido aprender?”-

-“Sí.”- Respondió el mortal con la mirada en el suelo.

-“¿Por qué?”-

-“Algo, creo que es mi intuición, me dice que Víctor tiene las respuestas que llevo buscando toda la vida.”-

-“¿Pagarás el precio?”-

-“Sí.”-

-“Buscas iluminación y la obtendrás de él, pero ten cuidado, ya sabes dónde acabarás si le hieres.”-

-“No tengo ninguna duda al respecto.”- Isaac paseó la mirada por las cabezas.

-“Muy bien. Tú alma es pura y tu cerebro inteligente, puedes despertar.”-

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